domingo, 26 de mayo de 2019

miércoles, 8 de mayo de 2019

LA SESTA VOCALE - di e(s)senza Riccardo Cecchetti

Può succededere, in un bar di un piccolo paese dell’entroterra marchigiano, intorno alle sette di sera, ora dell'aperitivo, che quattro incorruttibili cialtroni decidano di affittare un dirigibile per andare alla ricercha del Padre Eterno. Certamente può succedere, farfugliando transustansazioni e cosce, quasi transumanze. La Sesta Vocale, fondamentalmente è questo: una narrazione quasi autobiografica della poesia che ristagna in provincia, di quel sottile privilegio che si ha nel frequentare, per necessità, qualsiasi categoria di essere umano, superando i compartimenti stagni dell’altrove. Più o meno è tutta qui la quaestio, un gruppo di sciamannati, quasi armata Brancaleone, scalcinati eroi che decidono di intraprendere un’improbabile avventura. Esite la sesta vocale? Qualcuno ne è convinto, ma non vogliamo anticipare più di troppo. 

Riccardo Cecchetti, marchigiano di nascita, torinese di adozione, torinista per vocazione, nasce e vive per anni, in questo piccolo paese, Sarnano, in provincia di Macerata, divagando di amori ed insolite pulsioni estetiche. Inizia con Frigidaire, Blue (ebbene sì è stato anche impenitente pornografo) Il Manifesto, il Becco Giallo per intraprendere questo insolito viaggio con El Doctor Sax.


martes, 7 de mayo de 2019

IL CUORE QUANTISTICO - Cristina Vitagliano

William Levante, poeta alle prese con un cervello fiaccato dalla ricerca della perfezione, e sua moglie Eden, pasticcera dotata di un cuore molto speciale, "unico nel genere dei cuori", vivono a Hedgehog, il piccolo borgo che fa da sfondo a questa fiaba nera e surreale. Tra orologi, meccanica quantistica, poesia e atmosfere dolcemente macabre, questo romanzo breve trasporta verso un mondo senza tempo dipingendo una storia d'amore troppo insolita per essere reale...


Cristina Vitagliano (1991) è una scrittrice, traduttrice ed editor di Torino. Si avvicina al mondo della letteratura dark grazie al maestro Edgar Allan Poe, al quale dedica anche la tesi di laurea in Lingue e Letterature Moderne. Esordisce come scrittrice nell’anno 2016 con la raccolta di racconti intitolata “Dark Phantasy – Fiabe del macabro e dell’assurdo” Pathos Edizioni e ha curato le traduzioni di "Benito Cereno" di Melville e "I duellanti" di Conrad per El Doctor Sax.


miércoles, 10 de abril de 2019

domingo, 17 de marzo de 2019

"A sangre fría" de Truman Capote - Cristina Vitagliano (Español)





“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Así habló Truman Capote en una entrevista describiéndose a sí mismo y a su vida. Un Oscar Wilde siglo XX, le etiquetaron más tarde, quizás más por su homosexualidad declarada que por hipotéticas similitudes literarias. Porque, si bien el dandy más famoso de la literatura británica era conocido por su personalidad excéntrica y por su estética vanguardista, pero elegante, el escritor estadounidense, a quien todo el mundo conocía por "Desayuno con diamantes", fue descrito por aquellos que lo conocieron, como un hombre controvertido y agudo, igual que su escritura. Y es precisamente este Truman Capote lo que nos interesa, el que, en 1959, después de leer un artículo sobre un asesinato en el New York Times, se dejó atrás el puente de Brooklyn y las luces de la Gran Manzana para aventurarse en un mundo que no podría haber estado más lejos. Un microcosmos de Estados Unidos formado por campesinos y graneros, en el corazón de Kansas, donde comenzó el largo viaje de entrevistas e investigaciones que lo llevaron, seis años más tarde, a completar la escritura de la novela "A sangre fría ”. El libro, un informe crudo, dedicado a la brutal masacre de una familia entera de agricultores por manos de dos criminales, tiene una larga lista de protagonistas, el primero de los cuales solo puede ser el  estado de Kansas.


Es el mismo Kansas donde Dorothy vivió antes de ser arrastrada a Oz por el tornado, pero esta historia no tiene lugar para hombres de hojalata y brujas; en el Kansas de Truman Capote hay una América rural y católica, que caza faisanes, trabaja la tierra con la cabeza hacia abajo y depende de la divina providencia; pero al mismo tiempo, es una América rural, conmovedora y desesperada, donde la leche condensada se come en los días de fiesta y los plátanos podridos en los días normales, donde se recogen colillas de cigarrillos del suelo y el alcohol es barato. Simples paliativos para el sufrimiento y la violencia de la vida. 

Truman Capote estaba muy lejos de su casa cuando comenzó a escribir "A sangre fría", sin embargo escribiendo este libro se encontró con un paliativo a su propio sufrimiento, tanto  que, según sus palabras, este libro cambió su vida. Su manera, increíblemente fría, y al mismo tiempo casi despreocupada y descuidada, de contar la masacre de la familia Clutter, le trajo numerosas críticas, entre ellas la de haber actuado con un "voyeurismo cínico". Esta novela, que, según sus esperanzas, debería haberle hecho ganar el Premio Pulitzer, llevó a los críticos y a los lectores de la época a preguntarse sobre este cinismo, a preguntarse si fuese correcto "observar" un crimen desde el ojo de la cerradura, contando hechos, detalles y minucias, sin cambiar de tono, sin juicio y, sobre todo, sin lástima.


Capote nos cuenta de los cuatro miembros de la familia Clutter, y de sus vidas simples, hechas de galletas de coco, graneros, caza de conejos, iglesia y de todo lo que era su cotidiana vida campesina. Nos cuenta de la joven Nancy, de sus dieciséis años, de sus "vaqueros desteñidos" y su "suéter verde", preparaba tartas de cerezas, quedaba con su novio conocido en la escuela y, desde su colorida habitación, soñaba con Manhattan, la misma Manhattan que amaba Capote. Una docena de páginas y se habla nuevamente de Nancy, pero esta vez de una Nancy irreconocible, porque  le habían disparado en el cuello. Se habla de su osito de peluche que, como ella, mirando al cielo, se tendió a sus pies, atado a sus manos.

No hay esperanza de justicia, no hay dolor, no hay tristeza en la historia de Nancy y de su familia, solo existe el frío helado de las noches de noviembre en Kansas, que, tal vez, se parece al mismo frío de las noches de Nueva York.



Luego están las historias y las palabras de los dos ejecutores de la masacre, los dos asesinos que mataron sin piedad a los Clutters, y que, por este motivo, fueron condenados a muerte y ejecutados unos meses antes de la publicación de "A sangre fría".

Capote los menciona tácitamente al principio de su novela, hablando de "colaboradores", que gracias a numerosas entrevistas, hicieron posible escribir el libro. Y es hacia a Dick y Perry, los únicos actores aún vivos de la tragedia, los únicos que Capote pudo conocer en persona, a quienes dirige su atención.


Gracias a sus palabras, transmitidas y enriquecidas por las opiniones del autor, sabemos que Richard "Dick" Hickock, "no tenía sensibilidad para la música y la poesía", pero, no solo eso, era "intensamente sólido, invulnerable, absolutamente masculino".

De la misma manera, sabemos que Perry Smith, sobre el cual hay rumores de una  relación sentimental con el mismo Capote (rumores no verificados), "podía ser como un niño", que pasaba horas enteras chupándose los pulgares y al mismo tiempo "era capaz de enfadarse más rápido que diez indios borrachos ".

Sabemos que Perry era "un joven duro y frío, con una mirada serena y un poco adormecida". Este es el punto: "frío" es realmente la palabra clave de este libro y no solo porque es una de las tres que componen el título.

Perry es frío; pero fría es también la sangre del lector, que realmente se congela en las venas al leer la descripción muy detallada del asesinato, así como de frío es el Kansas, en el corazón de América, tan frío y al mismo tiempo hermoso, como el estilo de Truman Capote.


"A sangre fría" es un libro difícil de leer y de digerir. Es un libro complicado, que tardó seis años en salir a la luz y que esos seis años los muestra todos. Sin embargo, es un libro que hay que leer, un libro necesario, aunque solo sea para admirar el absoluto talento literario de Truman Capote.

Cristina Vitagliano