sábado, 17 de febrero de 2018

John Fante: el escritor más italiano de América - Gabriele Nero (Español)

"Un día me acerqué a los libros y saqué uno del estante. Era Winesburg Ohio. Me senté a una larga mesa de caoba y me puse a leer. De repente se me transformó el mundo. El cielo se me vino encima. El libro me conquistó. Me saltaron las lágrimas. El corazón me latía con fuerza. (...) Leí sin parar, y me sentí tocado en lo más hondo, y solo, y prendado de un libro, de muchos libros, hasta que el fenómeno se produjo con naturalidad, y me instalé con lápiz y papel y me puse a escribir, hasta que no supe que no podía continuar porque las palabras no fluyan, si no que se limitaban a caer como gotas de sangre de mi corazón"  John Fante, "Los Sueños de Bunker Hill"

Holden Caulfield, el protagonista de “El guardián entre el centeno”, para juzgar a un escritor, tenía un método infalible: empezaba leyendo un libro, creaba un diálogo imaginario con el escritor, para terminar el libro preguntándose “¿este tipo podría ser mi amigo?" o "¿me gustaría llamarlo para que me hablara de su vida?". Bueno, personalmente hubiera estado horas escuchando a John Fante contar las historias imposibles de su familia, con John Fante me hubiera pegado una gran comida de spaghetti acompañados de una buena botella de vino tinto y con John Fante hubiera salido de fiesta, incluso solo para una copa en uno de sus absurdos bares de la periferia de Los Ángeles.


Desde la periferia del mundo empezó la historia de John Fante (así como la de su álter ego literario Arturo Bandini), desde Torricella Peligna, un pequeño pueblo en las montañas de los Abruzos, del que su padre, Nicola Fante, albañil, se marchó a principios del siglo XX para buscar fortuna en América. La familia Fante se instaló en Denver, Colorado, en la región del Mid West, donde los inviernos son largos y llenos de nieve, en las afueras del sueño americano, en definitiva, en los Abruzos de América. Aquí los Fante construyeron su Little Italy, hecha de espaguetis y de vino tinto, de deudas de juego y de viejas vestidas de negro, de misas dominicales y de blasfemias en italiano. Pero John Fante era ambicioso y, a pesar de tener veinte años en los años de la Gran Depresión, él nunca dejó de creer en su talento. Fante y Bandini tenían un gran sueño en común: Los Ángeles, California.

"Yo conocía el sufrimiento de su alma y me compadecía de ella. Estaba sola, con las raíces colgando en una tierra extraña. No quería venir a América, pero mi abuelo no le había dado otra opción. También en los Abruzos había pobreza, pero era una pobreza más dulce que todo el mundo compartía, como el pan que se pasa en la mesa. También se compartía la muerte, y el dolor, y los buenos momentos, y la aldea de Torricella Peligna era como un único ser humano. Mi abuela era un dedo arrancado a aquel organismo y nada podía aliviar su desolación en la nueva vida que llevaba. Era como todos los que habían llegado de su rincón de Italia. Unos iban tirando, otros eran ricos, pero de su vida había desaparecido la alegría y el nuevo país era un lugar solitario donde "O sole mio" y "Vuelve a Sorrento" eran canciones tristes."

En todos los relatos de Fante, también en otros en los que el protagonista no se llama Bandini, siempre hay un autobús que coger, un viaje para empezar, un lugar donde llegar, una ciudad en la que demostrar todo el valor de Arturo Bandini, y que casi nunca logra expresar en su totalidad. Jugador de béisbol, guionista de Hollywood, escritor o monaguillo, los protagonistas de sus obras, todos tienen la presunción típicamente italiana de ser los mejores en todo lo que hacen, pero, por diferentes razones (el destino, el origen humilde, ser italiano y católico, por supuesto que no lo ayudaban) nunca pudo probarlo. ¡Después de todo, su padre Nicola Fante hubiera sido el mejor albañil de Denver... si, al menos, lo hubieran contratado para trabajar!

John Fante no logró el éxito internacional en vida. Pero no tenéis que pensar en el típico escritor bohemio que murió pobre y entre dificultades.  Quizá por el genio italico que corría por sus venas, con el tiempo, Fante tuvo éxito en el mundo del cine como guionista en Hollywood, y vivió una segunda parte de vida como un rico burgués americano, con una bella esposa, cuatro hijos, una villa de dos plantas en Malibù y un coche descapotable.


"Había ocho o nueve alrededor de una mesa cubierta de fieltro verde que había en el fondo. La baja bombilla iluminaba a cinco jugadores sentados, mientras el resto, de pie, miraba y hacía sugerencias. Mi padre estaba entre los mirones. Era un grupo de jubilados que vivían del subsidio, gruñones, irascibles, amargados, viejos cabrones endurecidos, renegones y más bien mezquinos, que disfrutaban con su ingenio cruel, su iconoclastia y su camaradería. Allí no había filósofos, ningún venerable oráculo que hablara desde las profundidades de la experiencia vital. No eran más que ancianos matando el tiempo, esperando que se les acabase la cuerda al reloj. Mi padre era uno de ellos."

"¡Bandini es un terrone!" (apodo despectivo con el que los italianos del Norte llaman a los del Sur, para indicar su carácter peleón y ruidoso) ¡Como todos los habitantes del Sur, Bandini es cabezota, arrogante, niño de mamá, mujeriego y bebedor, pero al mismo tiempo es una persona verdadera, generosa, instintiva y pasional! Es un profesional del arte de buscarse la vida y de la ostentación de su supuesto talento, del cual nadie tiene pruebas, pero del que está tan convencido que al final acaba convenciendo también al lector.

Como en un transfert, el lector acaba convencido más que por el estilo de Bandini, por el estilo de Fante, maestro de síntesis y elegancia. En la prosa de Fante las frases son cortas, sencillas y simples, y se suceden con un ritmo rápido, con algo que, a veces, suena como una sentencia. Leer a Fante es fácil. ¡Sus libros se pueden regalar tanto a un niño de 14 años como a un abuelo de 80 años, tanto a uno de esos lectores ocasionales que lee un libro al año, como a un estudiante de filosofía! ¡Leer a Fante es divertido, es ligero! Es enfrentarse al deseo de afirmación de toda una generación masacrada por dos guerras, el Crack del 29 y con las familias divididas por las primeras migraciones masivas. ¡Sin embargo, no creo que todos puedan leer a John Fante! No creo que se pueda entender por completo su obra si uno no ha tenido un testimonio directo o indirecto de algún tipo de migración.

"Era imposible volver a encontrar mi soledad después de que ella se fue, o escapar de su extraño perfume."

La Italianità de Fante no tiene nada que ver con el patriotismo, es más un sentimiento de rebelión. Fante ama profundamente la idea de la América mestiza como la tierra de los sueños, y odia profundamente a los estadounidenses que traicionan este ideal, que lo discriminan, que se ríen de él, ¡que le llaman dago! A la niña engreída y rica de su clase que ostentaba la noble descendencia de Mary Stewart, el pequeño Bandini le reprochó ser el bisnieto del bandido Mingo de Torricella Peligna. John acaba idealizando Torricella Peligna e Italia, tanto que se convierten en un refugio identitario mediante el cual defenderse y contraatacar!

Son divertidísimas las cartas desde Italia dirigidas a su mujer Joyce, en las que Fante habla sin filtros de sus viajes a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, de cómo su visión bucólica del Bel Paese choca y desaparece cuando llega en la Roma filoamericana en esos años, entre la Dolce Vita y el Boom económico. Como muchos otros, decidió no visitar Torricella Peligna durante su estancia en Roma, solamente para evitar el riesgo de sentirse decepcionado al no encontrar el pequeño mundo antiguo que animaba los cuentos de Nicola Fante. ¡Tal vez en esta no-identidad, en este ego que a veces se autocomplace y a veces se injuria, a veces italiano, a veces americano, a veces conservador, a veces democrático, y otras totalmente anárquico, está el éxito del personaje literario de Gabriel Arturo Bandini, único, verdadero y demasiado moderno también para nosotros!

Migraciones, guerras, segundas generaciones (o más bien nuevas identidades mestizas), la crisis económica y el desempleo resultante, todos son temas sobre los que, hoy,más que nunca, estamos obligados a pensar. Podéis imaginar, entonces, cómo treinta años después de su muerte, la voz de John Fante retumba fuerte a través de los millones de lectores de todo el mundo, que, como un precioso tesoro escondido, se han atrevido a descubrir y a amar uno de los más grandes escritores del siglo XX.

"Eres un cobarde, Bandini, un traidor a tu propia alma."

El lado que más admiro de Fante, y desde luego de Bandini, es su feroz autocrítica. De hecho, justo cuando John y Arturo, llegan a alcanzar sus sueños pronto se dan cuenta de que tal vez no era exactamente lo que querían en las frías noches de Colorado. Una vez conquistada la California, Fante empieza a fantasear con una nueva vida en Roma entre heladerías, Via del Corso y miles de pequeños automóviles Fiat pasando a todo trapo por callejuelas donde no pasaría ni un carro de mulas.


A pesar de que Bandini había sufrido el frío y el hambre en su juventud, la marginación por sus orígenes, y a pesar de que se encontró sin un duro durmiendo en los barcos abandonados en la playa, sus páginas más amargas son, sin duda, aquellas en las que Bandini viene contratado y pagado generosamente por un gran productor de Hollywood para no escribir (en "Los Sueños de Bunker Hill”). De hecho, Bandini amaba demasiado la vida para quedarse encerrado en una oficina, donde entre otras cosas no podía escribir nada que satisficiera ni a él ni a sus productores. "I can't get no satisfaction", como cantaban los Stones, acabará siendo el himno de la generación de los hijos de Fante, sin embargo, Bandini sentía que estaba perdiendo su talento, y lo único que podía hacer era meterse en problemas como seducir a las secretarias y a las agentes literarias. Así Bandini, a la manera de Francisco de Asís, lo deja todo, renuncia a su vida burguesa y se vuelve al austero cuarto de la pensión de Bunker Hill, la misma donde había llegado hacía unos años cuando dejó Colorado, con el mismo objetivo de entonces: escribir. La saga de Bandini termina justo en el momento en que el personaje literario y el escritor se enfrentan por primera vez delante de una máquina de escribir y de una hoja en blanco.

“Toda la noche nos la pasamos llorando y bebiendo, y pude decirte borracho las cosas que me bullían en el corazón, palabras impresionantes, símiles ingeniosos, porque llorabas por otro tipo y no oías nada de lo que te decía, pero yo me oía a mí mismo, y Arturo Bandini estuvo genial aquella noche, porque hablaba con su amor de verdad, que no eras tú ni Vera Rivken tampoco, sino sólo su verdadero amor.”


Aquí tenéis un extracto de ese momento, uno de los últimos párrafos que, en 1982, John, ciego y mutilado por la diabetes, dictó a Joyce, su mujer:

“Fui a la máquina de escribir y me senté. Mi idea era escribir una frase, una sola frase perfecta. Si podía escribir una buena frase podría escribir dos, y si podía escribir dos podría escribir tres, y si podía escribir tres, podría escribir eternamente. Pero ¿y si no me salía? ¿Y si había perdido todo mi hermoso talento? (..) Tenia diecisiete dólares en la cartera. Diecisiete dólares y miedo a escribir. Me senté muy tieso en la máquina y me soplé los dedos. Por favor, Dios mío, por favor Knut Hamsun, no me abandonéis ahora. Me puse a escribir y escribí.”


En memoria de John Fante, que nos enseñó que no importa si eres italiano, filipino, americano, un viejo verde, un quinceañero, un desesperado sin un centavo o un ricachón con una mansión en Malibú. Lo importante es seguir vivos: es tener una California para soñar y una Torricella Peligna para llevar dentro, siempre. 
Gabriele Nero

jueves, 15 de febrero de 2018