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14 March 2026

“Todos quieren saber qué hacía en la cama”: el archivo inédito de Kerouac se expone en Nueva York - por Alexander Cheves (The Guardian)


Entre los grandes mitos literarios, el de Jack Kerouac suele reducirse a un mero estereotipo. La carretera, un cigarrillo, un rebelde de la posguerra apoyado en un coche destartalado: un arquetipo masculino de rebelión y hedonismo. El libro de Kerouac de 1957, En el camino (On the Road), fue la biblia de la generación Beat y narra, en una prosa sorprendentemente sin filtros, sus viajes por Estados Unidos con sus compañeros escritores Allen Ginsberg, William S. Burroughs y su musa de toda la vida, el apuesto Neal Cassady. El libro cambió el rumbo de la literatura estadounidense y capturó la imaginación de un mundo en rápida transformación. Kerouac fue coronado "rey de los beats", un apodo que más tarde despreciaría.


Esto, al menos, es lo que saben muchos estudiantes de literatura de EE. UU. Pero una nueva exposición, Running Through Heaven: Visions of Jack Kerouac en el Grolier Club de Nueva York, pretende rehumanizar el mito con cartas de Kerouac que nunca antes se habían visto públicamente.

Jacob Loewentheil, el coleccionista e historiador propietario de todos los artículos de la muestra y también su comisario, afirma que su colección comenzó con el ejemplar de Kerouac de la novela de Fiódor Dostoievski Los demonios, que estará expuesta. En una de las cubiertas interiores, Loewentheil encontró una nota escrita de puño y letra por Kerouac: “como si todos estuvieran corriendo por el cielo” (as if they were all running through heaven). Esto inspiró el título de la muestra.

En una “casa de subastas menor”, Loewentheil encontró más tarde cartas, correspondencia de los años de Kerouac en la Universidad de Columbia, la mayoría escritas a un amigo de su ciudad natal, Lowell, Massachusetts. La correspondencia capta a Kerouac “recién llegado a Nueva York y viendo cómo su mundo se ampliaba desde Lowell hacia esta enorme vida metropolitana”, dice Loewentheil en una videollamada. Las cartas describen “los libros que leía en la escuela y sus pensamientos sobre ellos”.

Loewentheil cree que muestran formas tempranas y experimentos de lo que se convertiría en la técnica de “prosa espontánea” característica de Kerouac. “La probaba con sus amigos”, afirma Loewentheil.

La exposición coincide con el nuevo libro de Loewentheil, que comparte el título de la muestra e incluye un prólogo de la estudiosa de los Beat y colaboradora de Kerouac, Ann Charters. En el libro, Loewentheil escribe que las cartas conectan “con un joven en medio de la formación de la visión y la voz que llegarían a definir a una generación”.

En las cartas, queda claro que Kerouac creía desde muy joven que sería famoso y que sus cartas serían leídas por futuros lectores. “Estaba muy seguro de que iba a ser un gran escritor”, dice Loewentheil. “Pero le preocupaba mucho cómo le verían todos y cómo le veía todo el mundo a su alrededor”.

La muestra plantea preguntas: ¿deberían las cartas personales considerarse parte de la obra literaria de Kerouac? ¿Deberían leerse en absoluto? Estos son temas a los que Loewentheil espera que invite la exposición: cómo deben ver los lectores estos documentos y otros textos que se entienden más claramente como escritos privados. “Tengo documentos que Kerouac llamaba 'notas para mí mismo' en la colección”, dice Loewentheil, describiéndolos como “flujo de conciencia”. Al menos uno está en la exposición.

La muestra también presenta objetos personales, que Loewentheil llama “reliquias”, que rompen la imagen del vagabundo de la carretera. “Kerouac pasaba la mayor parte del tiempo en casa”, dice Loewentheil. Su colección incluye pantalones informales y zapatillas de casa, aunque las zapatillas tuvieron que ser retiradas de la exposición por motivos de conservación. Se expone el cenicero de cristal de Kerouac, aún con restos de ceniza de cigarrillo, descrito en las notas de la exposición como algo que evoca a “Kerouac inclinado sobre una máquina de escribir, apagando cigarrillo tras cigarrillo en un aura humeante de creación”.




Hay un horario de trabajo manuscrito de abril de 1953 que registra las horas y la paga de Kerouac como guardafrenos, que la exposición enmarca como prueba de la “realidad de la clase trabajadora tras la mitología”. Este marco resulta veraz y resonante: Kerouac se crió en la clase trabajadora de Lowell y aceptó trabajos manuales ocasionales durante toda su vida. Incluso en el apogeo de su fama, dependía de anticipos e ingresos esporádicos. En la última parte de su vida, a medida que empeoraba su alcoholismo, la mayoría de los historiadores señalan que sus finanzas se volvieron cada vez más precarias, incluso cuando ya era un nombre conocido en todos los hogares.

Quizás el objeto más íntimo de la exposición sea la petaca de tabaco de Kerouac, el favorito de Loewentheil. Aún contiene hojas de tabaco de corte grueso y probablemente Kerouac la llevaba en el bolsillo. “Aprecio sus objetos personales”, dice Loewentheil. “Pero también me siento, a falta de una palabra mejor, un poco raro al poseer las cosas físicas y tangibles de otra persona”. Los manuscritos y los libros son una cosa, pero le resulta “extraño” sostener “una cuenta de un mala con la que Kerouac rezaba y no sentirse un poco invasivo”.

Esa sensación de voyeurismo es palpable en la muestra y en el libro. Es una línea delicada por la que caminar. Kerouac esperaba que sus cartas fueran analizadas, pero a los 18 años, escribiendo a un amigo, todavía está “expresando pensamientos privados”. Para abordar esto, Loewentheil eligió páginas que muestran “quién era Kerouac” sin ser “innecesariamente invasivo”.

Un ejemplo ligeramente decepcionante de ese enfoque: “No todos los visitantes necesitan leer sus descripciones gráficas de su sexo en la universidad”. Así que esas no se muestran.

Existen preocupaciones actuales. “Kerouac utiliza, a veces, un lenguaje bastante objetable” y “dice cosas que son difíciles de cuadrar con la sensibilidad moderna”, afirma Loewentheil. El libro señala el antisemitismo de Kerouac, que persistió incluso cuando entabló amistad con compañeros judíos como Ginsberg.

Luego, el tema favorito de todos: la sexualidad de Kerouac. Loewentheil se ríe: “Todos queremos saber qué hacía en la cama y quién estaba allí”. En el libro, escribe que “las pruebas de los propios diarios, textos y cartas de Kerouac... sugerían que estaba profundamente reprimido o que quizás era bisexual”. Aun así, el “deseo de categorizarlo es un error”, cree Loewentheil, y se resiste a la idea de que cualquier etiqueta pueda contener a Kerouac.

Aun así, sin duda significaría mucho para los lectores LGBTQ+ reivindicar un icono estadounidense, pero Loewentheil cree que incluso una figura tan extensamente confesional y automitificadora como Kerouac merece cierto misterio y privacidad, quizás particularmente en sus propias luchas y conflictos: “Por respeto a Kerouac, no creo que haya una categoría en la que podamos situarlo. Si él nunca estuvo seguro, ¿cómo podemos estarlo nosotros?”.

Quizás la mayor tensión en la vida de Kerouac es la que existe entre su educación católica y su estudio del budismo en la edad adulta. Esto también vive en la exposición. El rosario de Kerouac, que llevaba al cuello, se expone junto a sus cuentas mala, utilizadas en la meditación budista.

El momento de esta exposición resulta resonante, y un poco inquietante. En enero saltó la noticia de que el rollo de 37 metros de largo del primer borrador de En el camino saldrá a subasta. Cuando se puso a la venta por última vez en 2001, Carolyn Cassady —la ex esposa de Neal Cassady— denunció la subasta como una “blasfemia”, diciendo que el rollo pertenecía a una biblioteca, no a una colección privada. “A Jack le encantaban las bibliotecas públicas”, dijo entonces, y añadió: “Si lo subastan, cualquier rico podría comprarlo y mantenerlo fuera de la vista”.


Respecto a la próxima venta del rollo, Loewentheil afirma: “El rollo de En el camino no es solo un manuscrito; es un documento fundamental de la literatura estadounidense de posguerra. Espero que encuentre un hogar con un custodio que aprecie su importancia y permita que siga formando parte de la conversación pública continua en torno a Kerouac”.

La exposición presenta un argumento convincente para separar el estereotipo y el mito de un artista de su yo vivido, aunque Kerouac hace que esa separación sea complicada, y quizás finalmente imposible. Su obra cabalga en una línea que rompe géneros entre la no ficción y la ficción, lo que supone un reto para los historiadores a la hora de desentrañar la verdad del adorno. Su vida era la obra.

Pero el esfuerzo continuo por revelarlo saca a la luz cosas hermosas y, según espera Loewentheil, revive el interés por un icono del siglo XX cuya estrella posiblemente haya caído entre los lectores más jóvenes. A través de las cartas, Loewentheil cree que podemos suavizar la imagen popular del autor: a través de una lente moderna, es un ejemplo más apropiado de masculinidad no tóxica que un temerario vaquero de posguerra. Las cartas demuestran que era romántico y, en última instancia, conservador. “La gente tiene una idea ruda de Kerouac, pero ese estereotipo de macho no es tan preciso”, dice Loewentheil. “Tenía un corazón enorme y, en cierto nivel, era una persona demasiado amable y gentil para el mundo en el que se encontraba”.


13 March 2026

“Tutti vogliono sapere cosa facesse in camera da letto”: l’archivio inedito di Kerouac va in mostra a New York - di Alexander Cheves (The Guardian)


Mentre l’originale rotolo di Sulla strada sta per essere messo all’asta, una nuova mostra svela la vita privata della leggenda Beat.

Tra i grandi miti letterari, quello di Jack Kerouac è spesso ridotto a una mero cliché. La strada, una sigaretta, un ribelle del dopoguerra appoggiato a un'auto scassata: un archetipo maschile di ribellione ed edonismo. Il libro di Kerouac del 1957, Sulla strada (On the Road), fu la bibbia della Beat Generation e racconta, in una prosa sorprendentemente non filtrata, i suoi viaggi attraverso gli Stati Uniti con i colleghi scrittori Allen Ginsberg, William S. Burroughs e la sua musa di una vita, l'affascinante Neal Cassady. Il libro cambiò il corso della letteratura statunitense e catturò l'immaginazione di un mondo in rapida trasformazione. Kerouac fu incoronato "re dei beat", un soprannome che in seguito avrebbe disprezzato.

Questo, almeno, è ciò che molti studenti di letteratura americana sanno. Ma una nuova mostra, Running Through Heaven: Visions of Jack Kerouac al Grolier Club di New York, mira a riumanizzare il mito attraverso lettere di Kerouac che non sono mai state esposte pubblicamente prima d'ora.

Jacob Loewentheil, il collezionista e storico proprietario di tutti i pezzi in mostra nonché curatore della stessa, racconta che la sua collezione è iniziata con la copia personale di Kerouac del romanzo di Fëdor Dostoevskij I demoni, che sarà esposta. Sulla copertina interna, Loewentheil ha trovato una nota scritta a mano da Kerouac: “come se stessero tutti correndo attraverso il paradiso” (as if they were all running through heaven). Questa frase ha ispirato il titolo della mostra.

Presso una “casa d'aste minore”, Loewentheil ha in seguito trovato delle lettere, una corrispondenza risalente agli anni di Kerouac alla Columbia University, per lo più scritte a un amico d'infanzia a Lowell, nel Massachusetts. La corrispondenza coglie Kerouac “proprio mentre arriva a New York e vede il suo mondo espandersi da Lowell verso questa enorme vita metropolitana”, spiega Loewentheil in una videochiamata. Le lettere descrivono “i libri che leggeva a scuola e i suoi pensieri al riguardo”.

Loewentheil ritiene che esse mostrino le prime forme ed esperimenti di quella che sarebbe diventata la tecnica distintiva di Kerouac, la “prosa spontanea”. “La sperimentava con i suoi amici”, afferma Loewentheil.


La mostra coincide con il nuovo libro di Loewentheil, che porta lo stesso titolo dell'esposizione e include una prefazione della studiosa Beat e collaboratrice di Kerouac, Ann Charters. Nel libro, Loewentheil scrive che le lettere ci mettono in contatto “con un giovane nel bel mezzo della formazione della visione e della voce che avrebbero definito una generazione”.

Dalle lettere emerge chiaramente che Kerouac credeva fin da giovane che sarebbe diventato famoso e che i suoi scritti sarebbero stati letti dai posteri. “Era certissimo che sarebbe diventato un grande scrittore”, dice Loewentheil. “Ma era molto preoccupato di come tutti lo avrebbero visto e di come lo vedevano le persone intorno a lui”.

L'esposizione solleva interrogativi: le lettere personali dovrebbero essere considerate parte dell'opera letteraria di Kerouac? Dovrebbero essere lette? Questi sono temi che Loewentheil spera che la mostra solleciti: come i lettori dovrebbero interpretare questi documenti e altri testi più chiaramente intesi come scritti privati. “Nella collezione ho documenti che Kerouac chiamava note per me stesso”, dice Loewentheil, descrivendoli come “flusso di coscienza”. Almeno uno è presente in mostra.

L'esposizione presenta anche oggetti personali, che Loewentheil definisce “reliquie”, che incrinano l'immagine del vagabondo della strada. “Kerouac passava la maggior parte del tempo a casa”, spiega Loewentheil. La sua collezione include pantaloni casual e pantofole da casa, anche se le pantofole sono state escluse dalla mostra per ragioni di conservazione. In esposizione c'è il posacenere in vetro di Kerouac, ancora con resti di cenere di sigaretta, descritto nelle note della mostra come un elemento che evoca “Kerouac chino su una macchina da scrivere, che spegne una sigaretta dopo l'altra in un'aura fumosa di creazione”.

C'è un programma di lavoro scritto a mano dell'aprile 1953 che registra le ore e la paga di Kerouac come frenatore ferroviario, che la mostra inquadra come prova della “realtà della classe operaia dietro la mitologia”. Questa cornice appare autentica e significativa: Kerouac crebbe in una famiglia operaia a Lowell e svolse lavori manuali saltuari per tutta la vita. Anche all'apice della fama, dipendeva da anticipi e redditi sporadici. Nella parte finale della sua vita, con l'aggravarsi dell'alcolismo, la maggior parte degli storici nota che le sue finanze divennero sempre più precarie, nonostante fosse ormai un nome noto a tutti.

Forse l'oggetto più intimo in mostra è il sacchetto del tabacco di Kerouac, il preferito di Loewentheil. Contiene ancora foglie di tabacco grezzo e veniva probabilmente portato da Kerouac in tasca. “Faccio tesoro dei suoi oggetti personali”, dice Loewentheil. “Ma mi sento anche, in mancanza di una parola migliore, un po' strano a possedere le cose fisiche e tangibili di un'altra persona”. Manoscritti e libri sono una cosa, ma gli sembra “bizzarro” tenere in mano “un grano di un mala (rosario buddista) con cui Kerouac pregava e non sentirsi un po' invasivo”.

Quel senso di voyeurismo è palpabile sia nella mostra che nel libro. È un confine delicato. Kerouac si aspettava che le sue lettere venissero analizzate minuziosamente, ma a 18 anni, scrivendo a un amico, sta ancora “esprimendo pensieri privati”. Per ovviare a ciò, Loewentheil ha scelto pagine che mostrano “chi fosse Kerouac” senza essere “inutilmente invasive”.

Un esempio leggermente deludente di questo approccio: “Non tutti i visitatori hanno bisogno di leggere le sue descrizioni grafiche del sesso al college”. Quindi quelle non vengono mostrate.

Ci sono anche preoccupazioni legate alla sensibilità odierna. “Kerouac usa, a volte, un linguaggio decisamente discutibile” e “dice cose difficili da conciliare con la sensibilità moderna”, afferma Loewentheil. Il libro documenta l'antisemitismo di Kerouac, che persistette anche mentre stringeva amicizia con coetanei ebrei come Ginsberg. 

Poi, il tema preferito di tutti: la sessualità di Kerouac. Loewentheil ride: “Vogliamo tutti sapere cosa faceva in camera da letto e chi c'era con lui”. Nel libro scrive che “le prove tratte dai diari, dai testi e dalle lettere di Kerouac... suggeriscono che fosse profondamente represso o forse bisessuale. Ciononostante, Loewentheil ritiene che “il desiderio di categorizzarlo sia un errore” e si oppone all'idea che un'etichetta possa contenere Kerouac.

Allo stesso modo, significherebbe senza dubbio molto per i lettori LGBTQ+ poter rivendicare un'icona americana, ma Loewentheil crede che anche una figura così ampiamente confessionale e automitizzante come Kerouac meriti un po' di mistero e privacy, forse specialmente riguardo ai propri tormenti e conflitti: “Per rispetto verso Kerouac, non credo ci sia una categoria in cui inserirlo. Se non ne è mai stato sicuro lui, come possiamo esserlo noi?”.

Forse la tensione più grande nella vita di Kerouac è quella tra la sua educazione cattolica e lo studio del buddismo in età adulta. Anche questo vive nella mostra. Il rosario di Kerouac, indossato al collo, è esposto insieme ai suoi grani mala, usati nella meditazione buddista.


Il tempismo di questa mostra appare significativo, e un po' inquietante. A gennaio è emersa la notizia che il rotolo originale di 37 metri della prima stesura di Sulla strada sarà messo all'asta. Quando fu venduto l'ultima volta nel 2001, Carolyn Cassady — l'ex moglie di Neal Cassady — denunciò l'asta come una “bestemmia”, sostenendo che il rotolo appartenesse a una biblioteca e non a una collezione privata. “Jack amava le biblioteche pubbliche”, disse all'epoca, aggiungendo: “Se lo mettono all'asta, chiunque sia ricco potrebbe comprarlo e tenerlo nascosto”.

Riguardo alla prossima vendita del rotolo, Loewentheil afferma: “Il rotolo di Sulla strada non è solo un manoscritto; è un documento fondamentale della letteratura americana del dopoguerra. Spero che trovi una casa presso un custode che ne apprezzi l'importanza e che gli permetta di rimanere parte del dibattito pubblico continuo su Kerouac”.

La mostra sostiene in modo convincente la necessità di separare lo stereotipo e il mito di un artista dal suo io vissuto, sebbene Kerouac renda tale separazione difficile, e forse in ultima analisi impossibile. Il suo lavoro si muove su una linea che rompe i generi tra saggistica e narrativa, rendendo difficile per gli storici distinguere la verità dall'abbellimento. La sua vita era l'opera.

Ma lo sforzo continuo di svelarlo porta alla luce cose meravigliose e, spera Loewentheil, ravviva l'interesse per un'icona del XX secolo la cui stella è probabilmente sfumatatra i lettori più giovani. Dalle lettere, Loewentheil crede che si possa ammorbidire l'immagine popolare dell'autore: attraverso una lente moderna, egli è un esempio più calzante di mascolinità non tossica piuttosto che uno spericolato cowboy del dopoguerra. Le lettere dimostrano che era romantico e, in fondo, conservatore. “La gente ha un'idea rude di Kerouac, ma quell'atmosfera da macho non è così veritiera”, dice Loewentheil. “Aveva un cuore enorme” e, “in un certo senso, era una persona troppo gentile e buona per il mondo in cui si trovava”.

09 November 2025

Il "SOGNO SOVIETICO": UN'UTOPIA NATA ORFANA DI BUONE STELLE introduzione al catalogo della mostra ORFANI IN UN VUOTO STELLATO - di Gabriele Nero





Dal punto di vista artistico e culturale, il Secolo Breve ha avuto un unico grande protagonista: l’American Dream. La cultura americana, anche grazie all’appropriazione di nuovi linguaggi come la fotografia, il cinema, l’arte astratta, si è autoeretta, non solo dal punto di vista economico e politico, ma anche dal punto di vista creativo, a despota del mondo. L’American Dream idealizzava la possibilità per chiunque di raggiungere il successo tramite il lavoro, un mito che mascherava profonde disuguaglianze economiche e sociali, perpetuando l’idea di una meritocrazia che ignorava privilegi di nascita e discriminazioni sistemiche, in cui il sogno serviva a legittimare lo status quo, spostando la responsabilità del fallimento dalla società all’individuo, con il risultato di far prosperare l’ideologia capitalista, colpevolizzando invece chi falliva.

Eppure il Novecento era iniziato sotto ben altri auspici. Nell’Europa prima della Grande Guerra erano nate le avanguardie storiche: Surrealismo, Futurismo, Simbolismo, Dadaismo, Espressionismo, tutte animate da uno spirito di rottura radicale con il passato, di sperimentazione e di ricerca di nuove soluzioni espressive. C’era un’energia anarchica e liberatoria, un desiderio di reinventare il linguaggio e l’arte in sintonia con il cambiamento dei tempi. Molti di questi artisti credevano nella necessità di ribaltare l’antica nomenclatura, e che la rivoluzione politica dovesse essere accompagnata da una rivoluzione estetica e culturale.

La Russia non fu da meno, e non fu un caso che negli stessi anni in cui Kandinskij stava rivoluzionando il mondo della pittura, Stravinskij stesse facendo la stessa cosa, stravolgendo quello della musica. Il Sogno Sovietico, nato prima della Rivoluzione d’Ottobre, negli anni successivi si consolidò e al contempo rivelò la propria intrinseca fragilità e la propria natura oppressiva. Dopo aver promesso un mondo nuovo, una società egualitaria e giusta, liberata dalle catene del passato imperialista, finì poi con sostituire lo Zar con Stalin. Gli scrittori di questa generazione, molti dei quali avevano accolto con entusiasmo la ventata rivoluzionaria, divennero testimoni e spesso vittime di un’utopia che nacque e si sviluppò sotto l’ombra del fallimento incombente. A differenza dell’American Dream, che con le sue contraddizioni si fondava su un’idea di progresso e di libertà, il Sogno Sovietico basò le proprie fondamenta su violenza, controllo e repressione. La collettivizzazione forzata, le purghe staliniane e la stretta morsa della censura sull’espressione artistica, trasformarono rapidamente l’utopia in distopia. Per molti intellettuali questo significò passare da un’iniziale euforia a una crescente disillusione, sfumando verso un silenzio eterno. Le biografie di Anna Achmàtova, Michail Bulgakov, Isaak Babel’, Sergej Esenin, Marina Cvetaeva e Vladimir Majakovskij hanno in comune questa tensione tra la necessità espressiva e la censura, tra la creatività e l’anonimato, tra la poesia e la morte. Questi scrittori, e altri meno noti o quasi dimenticati, vissero il dramma di un sogno tradito in partenza che si trasformò in incubo. Le loro vite e le loro opere sono la testimonianza di come l’imposizione di un’ideologia totalitaria abbia soffocato la creatività e la libertà individuale, portando alla distruzione di un’intera generazione di talenti. Infatti nell’Unione Sovietica l’unico scopo dell’arte era servire la causa del Partito, e il Realismo Socialista divenne l’unica estetica accettabile. Le sperimentazioni formali furono condannate come "formalismo borghese" e le voci indipendenti furono messe a tacere in vari modi.

In questo contesto si inserisce l’opera di recupero e reinterpretazione artistica fatta da Francesca Ricci e Kiril Bozhinov, nato da una esposizione e tradotta poi in saggio grafico in Orfani in un vuoto stellato (El Doctor Sax, 2025). In questo lavoro multidisciplinare emerge fin dalle prime tavole la perdita dell’innocenza di questa generazione di scrittori, orfani dello spirito rivoluzionario, sotto un cielo buio, che non promette nessun futuro, e senza stelle a indicare un cammino diverso. Un omaggio necessario e poetico a questi autori ingiustamente finiti nel dimenticatoio, ma che più di tanti altri lottarono per mantenere vivo il loro dissenso attraverso la poesia e la letteratura. Perché se le avanguardie di inizio secolo rappresentarono la promessa di una libertà artistica e di un rinnovamento radicale, non fu così per gli autori del primo ventennio dell’Unione Sovietica, che pur ereditando parte di quello slancio, si trovarono a operare in un contesto in cui quella libertà veniva sistematicamente negata. Il sogno di una società nuova si trasformò in una prigione per la poesia, che da veicolo di liberazione, divenne un atto di resistenza silenziosa o, nei peggiori dei casi, una vera e propria condanna a morte. Orfani in un vuoto stellato non è un semplice lavoro di riscoperta ma un progetto multidisciplinare che, attraverso il connubio di parole, immagini e suoni, vuole riaccendere questa volta celeste rimasta per troppo tempo oscurata dalle ideologie novecentesche.

Gabriele Nero



25 September 2023

CONTRA LA CARROÑA POÉTICA SUBVENCIONADA - por Rafael Becerra

 




Tengo un sueño persistente, obsesivo, y lo peor, real. La poesía pierde la calle secuestrada por burócratas, por andróginos cerebrales que creen dominar un arte que se escapa entre los dedos de los que se jactan de ser lo que no son. Un ejército de junta letras, de pega versos, se arremolina alrededor de las instituciones olisqueando culos de consejeros, concejales, y diputados. Buscan la caricia en la cabeza que les abra la puerta de la subvención, del certamen, de su pestilente propuesta apoyadas por instituciones a los que la palabra cultura les parece una catedral llena de humedades que rellenan con poliespan y luces creyendo que ofrecen la palabra y el arte al pueblo.

Y el pueblo se lo cree.

Someten su pensamiento y se someten a la moda, a la vertiente, a la novedad ovillada en caramelo podrido que confunde el camino. No es cosa fácil escribir un poema, ni pintar un cuadro, ni sufrir el proceso de cualquier creación, si dejamos en manos mediocres estas cuestiones corremos el riesgo de claudicar nuestra libertad. La poesía por mucho que lo pretendan no tiene hogar, y mucho menos institución apolillada que la abandere. La poesía es libre y se manifiesta en los lugares y personas más insospechadas, es susurro, es luz y oscuridad, es guarida y prisión, es muerte y es vida, y por lo tanto impredecible e insobornable. No se crean todo lo que escuchan, sobre todo si es ofrecido en bandeja de plata, su mirada limpia es fundamental, búsquela en la calle, en los ancianos, en los niños, en la podredumbre o en la belleza básica, pero no pretenda encontrarla en festivales plagados y organizados por camarillas de aprovechados que no saben ni sabrán, por muchos libros que escriban, de lo que están hablando.

Las personas que amamos el verso libre de ataduras, profundo, espontáneo, flamígero y luminoso, negamos y manifestamos nuestra repulsa frente a los apesebrados rebaños de adalides culturales, funcionarios que pretenden prender la belleza sin saber que forma tiene, que encabezan reuniones y organizan festivales a costa del dinero público con el fin de vivir del cuento, aparentando unos conocimientos que no tienen y una sensibilidad de la que carecen. Son doctos en mediocridad, panfletarios con las tripas llenas de gases que es donde modelan sus inmundicias literarias que son celebradas por sus mecenas que encumbran a sus pupilos con un coro de rebuznos.

El poema es indómito y salvaje, asalta tu sueño, te aborda como un pirata en el océano, o te abruma como una lluvia de estrellas. Sus dominios son la vida y la muerte, la oscuridad y la luz, lo inexplicable y lo sublime, pero, sobre todo, se encuentra a años luz de los cuadernos de la ambición y de los falsos poetas que solo sueñan con el reconocimiento, una cuadra caliente y el morral lleno de cereal.

Rafael Becerra


13 November 2021

VALE UNA VITA: Valentino Rossi, l'ultimo eroe! - di Gabriele Nero

 


«Quanti anni avevate nel 1996?» Questa è la domanda che dovete porvi per capire lo stato d’animo di chi si appresta a salutare uno dei più grandi campioni dello sport di tutti i tempi: Valentino Rossi.

Alcuni di voi non erano nati, altri ancora nell’età in cui si ha poca coscienza. Io nel 1996 avevo 13 anni, era l’estate tra la terza media e la prima superiore, il periodo in cui il mondo ti si apre davanti, in cui è tutto nuovo, tutto una scoperta! Il sogno di tutti i teenager dell’epoca erano gli scooter, ovvero la rivisitazione in chiave anni Novanta del mito italiano della Vespa. Zip, Typhoon, F10 e il mitico Fifty erano gli oggetti del desiderio per un’intera generazione, e forse per vendere qualche motorino in più, la Motogp appariva negli schermi delle tv italiane.

Quelli che vi dicono di essere stati tifosi di Valentino dalla prima gara, sono come quelli che sostengono di aver visto il concerto dei Ramones a Milano: fondamentalmente dei cazzari. In quegli anni si tifava per Biaggi, come per la Ferrari, quel sentimento nazional-popolare che uno segue per inerzia. Prova del fatto che la maggior parte di noi comprava lo scooter nero rigorosamente Aprilia, come la moto di Biaggi. Allo stesso tempo tutti rimanemmo sorpresi da questo ragazzino rompicoglioni, che ad ogni vittoria metteva su degli show incredibili, mentre fino ad allora si vedeva solo il vincitore che faceva il giro d’onore, al massimo impennava un paio di volte la moto. Così ci appassionammo alle serie inferiori sperando sempre in una vittoria di Rossi per di assistere alle sue gag.


Ricordo perfettamente il momento in cui diventai tifoso di Valentino. Quando dopo aver vinto il Mondiale 250 del 1999, gli chiesero se lui fosse il nuovo Max Biaggi, e lui con estrema naturalezza rispose: «Semmai è Biaggi che deve prendere esempio da me: io il mondiale l’ho vinto quest’anno, lui no». Da quel momento fu chiaro che bisognava schierarsi. Mentre Biaggi continuava a non vincere e a mostrarsi per quello che era, un romanaccio spaccone che appena perdeva dava la colpa alla moto, nel 2000 si formarono dei veri e propri schieramenti: Biaggi, Capirossi o Rossi? «Io tifo per Valentino, perché è testa di cazzo!», risposi in una di quelle discussioni da sabato sera. La domenica Valentino vinse la sua prima gara in 500!

E da lì cominciò lo spettacolo! Capisco che per chi non li ha vissuti sia difficile immaginare che cosa fosse il Dottore in quegli anni! Era come assistere a un cartone animato in cui in un modo o nell’altro Valentinik, anche quando la gara sembrava compromessa, riusciva a raddrizzarla! Giocava con gli avversari con lo stesso sadismo del gatto con il topo, era attore e regista di uno degli spettacoli più seguiti del pianeta.

Fare l’elenco delle sue imprese, e della felicità che ci ha regalato gara per gara, anno per anno, diventerebbe ripetitivo, specie in questi giorni. Ci guardiamo indietro e scopriamo che sono passati 25 anni, e pure che Valentino ha vinto l’ultimo mondiale una vita fa, nel 2009, ma la gente continua ad amarlo come quando vinceva a mani basse. Questo perché Valentino in questi 25 non ci ha insegnato solo a gioire delle sue gare, ma con lui siamo cresciuti, lo abbiamo visto passare da enfant terrible, a campione imbattile, capace di passare dalla Honda alla Yamaha, che non vinceva un campionato da più di 10 anni, e portarla subito a vincere la prima gara ed il titolo, diventando, di fatto a poco più di 25 anni, un’icona, una leggenda delle moto.


In quegli anni era facile essere tifosi di Rossi, era rassicurante, bello, e spesso dopo le belle nottate con gli amici, ci si svegliava tardi la domenica passando direttamente dalla lasagna, alla partenza della MotoGp. Per tanti di noi, il periodo d’oro della carriera di Valentino ha rappresentato il periodo più bello della nostra vita. Il momento in cui si impara a farsi spazio nel mondo dei grandi, passare alla cilindrata superiore. Valentino in quegli anni era inarrestabile, ma oltre al merito sportivo, quel ragazzo simile al tuo compagno di scuola, stava dando lezioni a tutti. Le sue vittorie non erano mai banali: qualifiche discrete, pessime partenze, recupero con sorpassi mozzafiato e vittoria per distacco.

Ma per capire l’unicità di Valentino bisogna guardare fuori dalla pista. Nato da una coppia di “genitori un blue jeans”, come di moda tagli inizi degli anni Ottanta, di quelle in cui i figli chiamavano i genitori per nome per intenderci, e che puntualmente si separavano dopo pochi anni, il piccolo Vale scelse di continuare il sogno del padre, ex pilota di MotoGp, ritiratosi in seguito a un bruttissimo incidente ad Imola nel 1982. «Mi sono sempre piaciuti quelli che sanno fare qualcosa, quelli che sanno disegnare, o suonare uno strumento... io non sono capace! L’unica cosa che so fare è andare in moto e cerco di farlo nel miglior modo possibile», dichiarava il Dottore poco più che bambino: una vera e propria dichiarazione poetica! Esattamente come quella di Maradona che al tempo in cui giocava nei los Cebollitas, dichiarava che il suo sogno era giocare con la Nazionale e vincere il Mondiale.

La storia del Valentino vincente dimostrava il fatto che lo sport non è solo questioni di meri numeri ma di emozioni. Il fine non giustifica mai il mezzo, è più importante come si fanno le cose. Le persone di tutto il mondo hanno iniziato ad amare Valentino per quella sua spontaneità che, nel bene e nel male, ha saputo sempre anteporre a tutto. Ha dimostrato di poter essere il migliore senza scimmiottare nessuno, cambiando, crescendo, non diventando la macchietta di se stesso, e allo stesso tempo cambiando il suo sport, essendo un perfezionista ma senza rinunciare alle goliardate da bar!

Dal 2010 in poi, però la carriera di Valentino ci ha raccontato altro. L’eterno ragazzo diventato uomo, passò attraverso l’infortunio del Mugello, gli anni tristi in Ducati, e la perdita dell’unico amico e possibile erede nel puddock, passando a pochi centimetri e pochi secondi dopo l’impatto con l’asfalto dal corpo esanime di Marco Simoncelli. Da lì in poi molti si sono allontanati dalle moto, eppure fatemi dire che sono gli anni in cui ho davvero capito la sua grandezza, la sua tenacia e il suo amore incondizionato per le moto. Dopo quei due anni terribili, di nuovo tutti lo davano per finito, come nel 2006. Si sarebbe potuto ritirare da leggenda vivente già nel 2012, altri giovani piloti erano in ascesa con moto molto più performanti, eppure c’era quel decimo titolo da inseguire, quella chimera per un motociclista dell’era moderna, per cui dopo aver accettato il fallimento e averci messo la faccia per l’errore Ducati, accettò di essere la seconda guida dell’”amatissimo” Jorge Lorenzo.


«Quando nel mondo appare un vero genio, lo si riconosce dal fatto che tutti gli idioti fanno banda contro di lui», diceva Jonathan Swift, e avendo parlato di idioti e Lorenzo è inevitabile parlare di Marquez e di quel maledetto 2015. Il Dottore aveva creato il suo capolavoro, 14 anni dopo il primo titolo e a 7 dall’ultimo, aveva calcolato punto su punto, piazzamento su piazzamento, e due vittorie su Marquez, uno con l’avversario che finiva a terra e l’altra con una spallata all’ultimo tornantino per cui lo spagnolo gliel’aveva promessa: «A partire da ora saprò cosa fare con Valentino». Il resto è stato poi davanti agli occhi di tutti: la gara de Philip Island, la conferenza bomba della Malesia, i primi giri killer di Marquez e il contatto-calcio, quello che volete. Il mondo che si divideva tra chi stava con Vale, e tra chi non aspettava altro da anni (dai tempi della storia delle tasse) per saltare sul vecchio leone ferito. La storia, o semplicemente la gara più vista nella storia della MotoGp, ha raccontato altro: Valentino sorpassa 20 piloti e da ultimo arriva quarto; i tre piloti spagnoli uno dietro all’altro come sul tram per difendere i 5 punti di Lorenzo, che a titolo incamerato dirà candidamente: «Ringrazio gli altri piloti perché sono stati bravi; in un altro tipo di gara Marc avrebbe attaccato, ma hanno voluto che il titolo rimanesse in Spagna». Durante i festeggiamenti di quel titolo a casa sua, a Mallorca, la moto di Lorenzo andò a fuoco. Nient’altro da aggiungere.

Anzi qualcosa sì! Anche in quel caso Valentino è stato un esempio, di come davanti alle ingiustizie, quando gli idioti si coalizzano contro di te, è giusto prenderli a calci nel culo, e smascherare gli ipocriti, a costo di mettere in gioco ciò a cui tieni al mondo! Il problema era proprio quello: Valentino è cresciuto nel puddock con suo papà, è cresciuto in mezzo ai piloti, quelli veri, quelli con cui se c’era qualcosa da chiarire si finiva a spintoni sotto il podio, come con Biaggi, ma si correva tutti per per vincere. «Marc è tutta la settimana che dice che darà il massimo, che punterà a vincere, ma dopo quello che ha fatto oggi è veramente uno che se ne sbatte i coglioni», ovvero Valentino vittima della congiura dei bimbiminchia, ragazzini perbene, ottimi per la pubblicità dei prodotti antibrufoli, con i loro sorrisi perfetti, e già addestrati dalla tenera età alla società dello spettacolo, su ogni tipo di media. Niente a che vedere con le corse in Ape-car dandosi le sportellate per le stradine di Tavullia. Lo sport di oggi come specchio della nostra società, in cui il significato si è perso, mentre il significante è diventato solo apparenza per vendere qualcos’altro: marketing.

Marquez ovunque vada nel mondo, al di fuori della Spagna, viene ancora oggi fischiato, perché per la sua infantile ripicca ha distrutto il sogno di migliaia di persone che vedevano in quel titolo il coronamento di una carriera unica; ha distrutto il sogno di chi viaggiando su uno scooter scassato, sognava di essere ad Assen, al Mugello o nel cavatappi di Laguna Seca. Ha distrutto il sogno del Motociclismo.

Spesso quando si parla di sportivi controversi si dice che non spetti a loro educare i giovani, ma alla scuola e ai genitori. Dall’altra parte i moralisti affermano che i grandi campioni, invece debbano essere d’esempio. Per quello che mi riguarda Valentino ha rappresentato più di un esempio, ha rappresentato l’ispirazione massima, un principio etico ed estetico a cui tendere sempre: “fai ciò che vuoi, fallo al massimo. Se sbagli dando il massimo, non fa niente. Sorridi, mettici la faccia e riparti più convinto di prima”. E poi da italiano all’estero, Valentino è stato un po' quello che è stato Joe DiMaggio per Fante; n
egli anni in cui al pronunciare la parola “Italia”, la prima reazione era una risata e la seconda “Bunga-bunga”, ha rappresentato davvero uno dei pochi momenti di riscatto per il nostro paese, al pari dell’Oscar di Sorrentino. Geni compresi in tutto il mondo, sempre un po’ di meno in Italia... chissà perché.

Durante questo quarto di secolo le gare di Valentino hanno rappresentato qualcosa di più di un semplice evento sportivo. Nei momenti più bui, quelli attraverso i quali siamo costretti a passare tutti, la gara della domenica, immaginare una nuova impresa, o nei lunghi inverni senza corse ad aspettare la nuova moto, il nuovo campionato, erano sempre  pensieri positivi, carichi di speranza verso un qualcosa di nuovo e sempre entusiasmante. E poi capisci che questo tuo sentimento estremo è condiviso da tanti altri, dalla marea gialla che sin dai primi anni ha colorato le gradinate dei circuiti di tutto il mondo.

Valentino è stato felicità e spensieratezza, ci ha insegnato quanto sia importante crescere mantenendo vivi in noi i bambini che eravamo, ancora capaci di emozionarci per il miracolo della fisica e tecnologia che sono le moto e il primordiale istinto di voler arrivare primo. Il solo parlare di lui strappa un sorriso e fa brillare gli occhi a me come al ragazzo pakistano che lavora nel kebap. Valentino ci ha accompagnato nella nostra crescita, e con lui e forse anche grazie al suo esempio, abbiamo capito l’importanza del divertimento nel continuare a fare le cose.

«Io non avrei mai potuto fare come lui, visto che per me il gareggiare corrispondeva a vincere, a stare davanti a tutti ed a farlo costantemente. Avrei fatto un enorme fatica a correre per tanti anni senza poter essere al top, senza avere i mezzi giusti per giocarmela con i migliori» ha detto pochi giorni fa Casey Stoner, in pista il suo rivale più forte di sempre. 2015 a parte Valentino ci ha dimostrato anche quanto sia importante accettare anche il lato ludico dello sport, facendo parte del grande circus, creato da lui, pur non essendone più un protagonista principale.


Scherzando (ma nemmeno troppo) negli ultimi anni dicevo che la mia gioventù sarebbe finita quando Valentino avrebbe smesso di correre. Il Dottore ci ha regalato qualche anno in più, scegliendo di non lasciare nulla di intentato, e ora che siamo diventati adulti forse è ora di guardarsi alle spalle e vedere la grande bellezza di questi anni. No, non esisterà un altro Valentino, così come non torneremo ad avere vent’anni. E se è vero che millennio è iniziato con attentati terroristici, crisi economiche, pandemie, ci ha anche regalato improvvisi momenti di felicità grazie a Valentino Rossi da Tavullia! Sono orgoglioso di essermi svegliato alle 5.00 di mattina di domenica per vedere i gran premi del Giappone, dell’Australia, di averlo considerato sempre come un dogma: il mio mito da quando avevo 13 anni al giorno d’oggi che ne ho 40!

Allora dove eravate nel 1996? Non avevamo telefonini, e il massimo divertimento era mettere 5.000 lire nello scooter per arrampicarci sulle strade dove giravano anche quelli con le moto vere, quelle potenti. Scorrendo l’album dei ricordi, ripensando a tutte le gare, le emozioni e il divertimento non scorriamo solo la carriera del grande campione, ma rivediamo il film delle nostre vite. Ecco accavallarsi i ricordi di estati al mare, ex fidanzate, amici che chissà dove saranno finiti, persone che non ci sono più, incrociarsi con quella gara, quella rimonta, o quell’altra celebrazione. Il 46 è stato il grande filo giallo che ha unito ricordi pieni gioia e di gioventù. Non so come sarà la vita da lunedì, e non solo quella di Valentino ma un po’ quella di tutti noi. In un certo modo, per chi lo ha seguito, ha cambiato la nostra visione della vita, ha rappresentato un modo di essere. In un mondo di stronzi, Valentino Rossi è stato il mio unico eroe!

Comporta movimento. Del riflesso, del pensiero, dell’attenzione, del gesto. Genera vantaggi, libidini, un pizzico di rischio, un piacere esclusivo. Il piacere di guadagnare qualcosa per raggiungere qualcosa. Un traguardo, un compimento. Velocità come eliminazione dei tempi morti, del tempo perduto, della noia, talvolta. Velocità come sistema di vivere, di vincere, di stare al mondo, essendo il mondo in piena accelerazione. È una aspirazione e, spesso, una scelta, oppure una attitudine che amplifica sensazioni, reazioni, gusto. La velocità costringe a una cura adatta, a una capacità specifica, altrimenti comporta un errore, una caduta, un rimpianto. Ci vuole testa e fisico, per la velocità. Quella padronanza che permette di apprezzare la lentezza, quando essere veloci non serve affatto» (Valentino Rossi)


Gabriele Nero
Valencia 13 Novembre 2021












16 September 2021

El retrato de Charles Bukowski - por Rafael Becerra

 


Atravesar un pantano como todo el mundo puede adivinar tiene muchas cosas malas: las picaduras de mosquitos, el fango, la suciedad, la humedad y todas las que cada cual pueda imaginar. También tiene cosas buenas siempre dependiendo de hacía donde se vaya.

Hoy me adentro en ese pantano imaginario para hablar de un escritor amado y odiado a partes iguales: Charles Bukowski, muchas veces arrastrado a una mitomanía que él siempre rehusó. Las razones por las que un tipo como Bukowski tiene fama mundial se nos pueden escapar, pero lo que nadie puede obviar es que de alguna forma él dió el salto de las revistas “pulp” y las publicaciones underground a las grandes editoriales. ¿Y qué tiene su escritura para cautivar a millones de lectores? En mi humilde opinión creo que la sinceridad. Desconozco si el autor fue alguna vez consciente de la fama que se le venía encima, pero estoy seguro de que conocer a fondo su propia realidad lo llevaba a transgredir con descaro cualquier tipo de norma ya fuera literaria o de urbanidad. El resto, una legión de lectores deseosos de sumergirse en lo diferente, lo provocativo, lo sugerente: pura pornografía literaria. No es difícil imaginarlos comprando aquellas publicaciones camufladas entre otras revistas, abrirlas en soledad, en busca de lo diferente, del descaro.

Bukowski era un tío con gracia, un tocapelotas graduado en los caminos del alcohol y la indiferencia, nada afín a fanfarrias patrióticas ni militares. La vida lo había maleado de tal modo que el engaño no hacía mella en él. De modo que sus relatos están bañados en humor, a menudo rozando el cachondeo, y otras dotados de una crudeza y profundidad que nos deja “con las patas temblando”.

Y aquí llega la poesía donde la bofetada deja marca, donde el dolor y la decepción supuran y entonces entendemos algo de la soledad de aquel borracho que agarra el bolígrafo y el cuaderno desesperado y escribe acongojado para evitar clavar la pluma en su corazón. Todavía en las noches en lo más profundo de las ciudades, donde la mano farsante del bienestar no llega, es posible encontrar personajes similares a él, seres graduados en auto-destrucción que van dejando caer versos y gestos que nunca estarán plasmados en la historia de la literatura, y cuyo fin es una licenciatura en suicidio.

No se compliquen la vida, lean a Bukowski, se van a reír, aunque alguno se muerda el labio hasta sangrar, merece la pena, pero no crean que han descubierto nada, no es uno de los nuestros, no lo olviden, está muy lejos de parecerse a cualquiera de nosotros, de hecho es inalcanzable por la sencilla razón de que su tiempo es otro, los escenarios de sus relatos son irreconocibles en nuestro tiempo, ahora hay demasiado maquillaje y por desgracia creemos tener todo bajo control. Solo una cosa, cuando en la soledad de la noche, escuchen a un borracho cantando por la calle, orinando en la puerta de su casa, indiferente a las amenazas y a policía local, acuérdense de aquel tipo que andaba tambaleándose de bar en bar con los bolsillos llenos de hojas manuscritas. ¡Salud!


26 July 2021

GLORIA FUERTES: LA PULCRITUD DE LA RESISTENCIA - por Rafael Becerra



Los censores de la época no veían ningún peligro en aquella señora de aspecto estrafalario que leía poemas a los niños. No suponían que representara ninguna amenaza, más bien, con su aspecto y sus lecturas la consideraban un entretenimiento para los más pequeños.

Gloria supo engañarlos, como si fuese el flautista de Hamelin, se atrajo a los más pequeños a la poesía, mediante juegos de palabras, historias locas y sus “humanos animalizados” que no animales humanizados. Sentada en aquel sillón de mimbre, con las gafas en la punta de la nariz, su eterna sonrisa, Gloria leía. Y los niños que la rodeaban seguían sus historias con la boca abierta. ¿Cuántos de los que fuimos testigos de aquello seguimos sus pasos? Desde aquella televisión en blanco y negro, donde tímidamente se colaban locos utópicos que con sus canciones, poemas, obras de teatro, abrían la mente de niños que los absorbían como esponjas, empapándose de aquella creatividad esperanzadora en aquel mundo gris.

Mucho más tarde descubrí los poemas de Gloria Fuertes, me sumergí de lleno en su poesía dolorosa y sincera, nostálgica de una infancia arrebatada y sobrada de posguerra, melancólica y amarga, y al mismo tiempo sembrada de un sentido del humor casi esperpéntico, dadas las condiciones de esa existencia enferma, donde la represión, la amenaza constante y las imposiciones ideológicas eran el pan nuestro de cada día.


Llevaba su carga con resignación, sin dejar que ésta la aplastara, con versos construyó un andamiaje que sujetara su desdicha, con humor apuntaló su existencia, y con los niños encontró la esperanza de que no todo estaba perdido, que en aquellos pequeños, tal vez, estuviera plantada la semilla del cambio, que esa generación que llegaba sabría encontrar otro camino distinto. No sé si fue así. Puede que todos esperemos lo mismo, que otros lleguen y lo hagan mejor. Que los errores se mueran de aburrimiento de tanto repetirlos. Lo verdaderamente importante es que no se rindió, creyó encontrar una vía de escape, un océano donde perderse para poderse encontrar: La Poesía. Y supo con maestría demostrar que sus versos emocionaban, que curaban, y que desde la sencillez podía contar y aliviar.

No la tomaban en serio, “ellos” los tocados por la historia, los que se sentaban al lado de su dios, esa horda que se apropiaba de la inteligencia creyendo que estaban llamados a “ser” y que se fagocitaban unos a otros mientras se ahogaban en sus mentiras y su mediocridad.

Gloria los sobrevivió a todos, está aquí con nosotros, en cada niño que descubre sus poemas, sus animales, sus historias, y en cada adulto que se acerca a su obra, para descubrir la cercanía de sus propios anhelos.

Rafael Becerra 





 

08 July 2021

La eterna belleza de la palabra: un retrato de Emily Dickinson - por Rafael Becerra

 




Existió una poetisa hecha de vapor de agua, de junco y arcilla, y de soplo de brisa de la tarde.
Existió esa mujer casi transparente que no nació para ser desentrañada, que nada tenía que ver con el mundo de los hombres y mujeres que la rodeaban. Ella vivió en una realidad que se nos escapa, de la que hemos desertado y a la que hemos traicionado, y sin embargo, la gente de su tiempo la clasificó pinchándola como a una mariposa en un sombrío cajón acristalado. Pero a ella eso no le importó; como mística, transitó sendas que no están a la vista de cualquiera, en sus menguadas fronteras físicas descubrió toda la grandeza de la existencia, rodeada de flores, de insectos, de amaneceres y de lluvia. Condensó en su bella poesía una página universal del libro de la vida.


Como un ser milenario que aprendió del detalle más insignificante de la naturaleza, la poetisa describe la grandeza de lo pequeño, sutíl engranaje sin el cual esta máquina perfecta no funcionaría.
¿Es posible púes dar con los secretos del alquimista del mundo?
Sí, pero solo una clase de seres están a la altura de vislumbrarlos, una clase nada común, nada pretenciosa; seres que permanecen en silencio maravillados y sumergidos en el más sencillo pensamiento, y algunos, generosos y plenos de amor nos cuentan sus secretos, nos esbozan delicadamente lo profundo y extraordinario de su labor de hormiguita. Su pensamiento tejido con sencillez y belleza, la urdimbre necesaria para la finalización de un tapiz que roza la perfección.
Existió una vez una poetisa, que nos regaló la belleza de unos versos eternos.


Otros pies van y vienen por mi huerto,
otros dedos la tierra han removido;
un trovador que se posó en el olmo
va diciendo el lugar de mi retiro.

Jugando hay otros niños en el prado
y debajo, cansada, se ha dormido otra gente;
y todavía vuelve, pensativa,
la primavera, y puntual, la nieve.


Rafael Becerra






24 June 2021

FARSI MALE CON LO YOGA . Recensione di YOGA di Emmanuel Carrère - Enrico Romanetto



L’errore più semplice da commettere davanti alle trecento paginette di Yoga è quello di berlo come un bicchiere di acqua ghiacciata. Sensazione di fresco nell’immediato: Emmanuel Carrère è tornato. Poi gola e stomaco cominciano a raffreddarsi più del dovuto, ci si sente gonfi e si rischiano i crampi. Carrère si sfoga nel pieno di una nuova crisi di mezz’età che lo scrittore parigino non risolve nell’artificio del romanzo, con la violenza trasformata in catarsi come fa con Serotonina il suo non dichiarato antagonista letterario, Michel Houellebecq, che viene citato con un timore quasi adolescenziale. No. Carrère concede al lettore solo la possibilità di ricostruire una trama tutta immersa nel reale. Il suo. La sua vita è il baricentro egotico di tutti gli avvenimenti attraverso cui l’autore si ritrae mentre passa da un ritiro nel silenzio della meditazione Vipassana, fino al ricovero in una clinica psichiatrica e all’elettroshock. Nel mezzo, le sue manie. Prima blandite da una sorta di nuova coscienza, che l’ormai sessantenne si impone, poi combattute a colpi di scariche, annotate come in una sorta di diario esperienziale. 


Ossessioni borghesi, un po’ puerili, come quella di non riconoscersi nel grande scrittore che avrebbe voluto essere, oppure, una sessualità ancora vivace. È qui Carrère dà il meglio in termini di voyeurismo, citando anche Torino e celebrando la Holden di Alessandro Baricco come la migliore scuola di scrittura creativa. La letteratura c’entra poco, perché la vicenda non riguardo altro che una copula, mancata, con una giovane allieva incrociata durante una vacanza in Grecia. Quasi un ritiro per convalescenti agiati e pieni di guai incorniciato dall’isola in cui approdano i migranti più disperati, le cui storie diventano un’altra volta controcanto della propria vita agra come non era avvenuto A Calais. L’ultimo rigo ripaga della pazienza. Emmanuel Carrère si rivela per quello che nessuno si sarebbe atteso all’inizio. Lo stesso di prima, salvo far infuriare sicuramente più d’uno dei suoi “fedelissimi” con una scena finale in cui, davvero, dovrebbe concentrarsi tutta la curiosità del lettore. Così da scoprire perché non abbiamo tra le mani il volumetto sullo Yoga che l’autore si era ripromesso di scrivere.

Enrico Romanetto

27 May 2021

EMANUEL CARNEVALI: LA DESDICHA DE LA LUCIDEZ - por Rafael Becerra


Al lector de poesía le ocurren muchas cosas. Llega un momento en que su bagaje es tan amplio que encuentra difícil sorprenderse, esto no quiere decir que no disfrute con ella, pues la variedad a lo largo de la historia es tremenda. Pero a veces se entra en un estado de conocimiento pedante que lo puede distraer de la obra que tiene delante.

Hace poco ha llegado a mis manos el libro: Molestando a América. De Emanuel Carnevali. Y puedo decir sin reparos que es el puñetazo en el estómago más fuerte que he recibido en muchos años.

Hay poetas que jalonan la historia de la poesía embarrando los jardines floridos, no abundan, y siempre rondaron los límites de la marginalidad y de la autodestrucción. A mí siempre me atrajeron como un imán, admiro la belleza, la destreza en el lenguaje, pero por encima de todo, me rindo ante la crudeza, ante la realidad versada de forma magistral. Esto tal vez tenga que ver con el devenir de mi propia vida, con una característica que la ha marcado: la decepción. Emanuel era un decepcionado. Su rastro va dejando miguitas de amargura destilada que me hace suponer un espíritu marcado a fuego, una voluntad anómica que no esperaba nada de los demás ni de la vida. Esta febril existencia tenía por fuerza que marcar herrumbrosamente su estilo creativo. Y arribando a la tierra prometida ya sabía lo que se iba a encontrar. Puede que sus compañeros de viajes soñaran con un destino definitivo donde poder integrarse y consolidar una sociedad en ciernes, pero el poeta no. Él estaba condenado a la expectación, a revelar la realidad de una fotografía sin encuadre. Podría decirse que el decepcionado nace, no se hace. Los poemas de Carnevali tienen la crudeza, la fina ironía, el desenlace, y la estructura del que aspira el aire a bocanadas en un ambiente asfixiante para poder sobrevivir. Aquí no hay bromas, se nota la seguridad del que va dominando el páramo, del que vive en el fango conociendo sus secretos.


Criado en Florencia, emigró a América con dieciséis años. La diferencia con las grandes urbes americanas como Nueva York o Chicago, ciudades despiadadas armadas como necesidad, frente a la suya propia, creada y amada por sus habitantes que la dotaban de vida propia, debió de impresionarlo de tal modo, que dio pie a su expresión poética, ajeno a modas y posturas. El rastro de sinceridad, de amargura es tal, que no sorprende el oscurantismo al que ha sido relegado. Pero esto no deja de ser una etiqueta, lo importante es la belleza que emana de su obra, imágenes crueles, sarcásticas, reales. En sus propias palabras, una confesión definitiva:

tú me devolviste por todas las cosas que te llevé
un espiritu de rebelión, 
árido, enfermizo, y estúpido.

La sinceridad acapara todos sus escritos, y sus actos, que muchos considerarán censurables. Estamos habituados por falta de empatía a juzgar con rapidez, pero todo esto no es más que una cascarilla que ponemos para no mostrar las propias armas y el alma débil y aterrorizada que nos habita.

¿Cuántos poetas? ¿Cuántos ignorados, perdidos, enterrados? La misión fundamental es encontrarlos, descubrirlos, publicarlos. Ahí está el aire a respirar. Un amigo atemporal que nos susurra ayudándonos a sobrevivir, a llevar nuestra decepción con dignidad.

Rafael Becerra 


25 May 2021

El retrato de Henry David Thoreau - por Rafael Becerra

“La verdad es que hoy en día no somos, incluidos los caminantes, sino cruzados de corazón débil que acometen sin perseverancia empresas inacabables. Nuestras expediciones consisten solo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal vez tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que solo regresasen a nuestros afligidos reinos, como reliquias, nuestros corazones embalsamados. Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre, si es así, estás listo para una caminata”.

Esto que acabamos de leer pertenece al ensayo: Caminar de Henry David Thoreau, sin lugar a dudas uno de los textos fundacionales de lo que muchos años más tarde sería conocida como la generación BEAT. Thoureau a través de sus escritos se convierte en maestro de unos jóvenes ávidos de conocimiento. El americano tiene espíritu aventurero, en todos sus antepasados hay un colono o un explorador, (también un invasor y un saqueador, amparados por su dios y su idea del destino manifiesto) hombres y mujeres que dejaron todo para encaminarse a lo desconocido de una tierra salvaje e inexplorada, en busca de una vida mejor. Walt Whitman les dedicó sus cantos, y esa idiosincrasia impregnó el espíritu de aquella generación posterior dedicada a viajar física y espiritualmente en busca del conocimiento y del propio lugar en el universo.

Henry David Thoreau, ensayista, poeta, topógrafo, fabricante de lápices, disidente nato y maestro de la prosa, nació en Concord, Massachusetts en 1817 desde pequeño ya dio muestra de su espíritu individualista y contestatario, heredado de su abuelo que fue uno de los instigadores de la “rebelión de la mantequilla” la primera protesta estudiantil de las colonias. Fue profesor y junto con su hermano abrieron una academia de gramática en Concord donde introdujo conceptos progresivos tales como caminatas al aire libre, o visitas a negocios y fábricas locales.


Fue en Concord donde conoció a Ralph Waldo Emerson, padre del trascendentalismo, y su círculo de amistades íntimo. Thoreau abrazó la nueva doctrina en un principio y colaboró en la revista que dirigía Emerson con algunos ensayos. Se convirtió en tutor de sus hijos y más tarde trabajaría en la fábrica de lápices familiar. Pero su verdadera pasión eran la literatura y la naturaleza. Años después sintió la necesidad de vivir en la misma y se trasladó a una finca propiedad de Emerson, de aquella experiencia nació: Walden, o la vida en los bosques. 

En julio de 1846 Thoreau tiene un encuentro con el recaudador de impuestos local que le insta a abonar sus atrasos de seis años. Thoreau se niega debido a su oposición a la guerra mexicano-americana y a la esclavitud, lo que lo llevó a pasar una noche en la cárcel, en contra de su voluntad, su tía pagó la fianza, a raíz de esta experiencia traumática, el joven escribe Desobediencia Civil un verdadero manifiesto a favor de un individualismo ascético y extremo, en él llega a proponer la abolición de todo gobierno, lo que convertiría a este texto en un referente para movimientos libertarios de todo el mundo. Un hombre pasional que construyó su vida alrededor de su amor por la naturaleza. Un asceta cuyos libros te llevan a buscarte a ti mismo, un espíritu libre que nos regaló una obra pura y hermosa.

Caminar es una exposición de la filosofía de deambular, la defensa de un “pensamiento salvaje”. Su ironía y el rumbo vagabundo que por momentos toman sus reflexiones, nos tonifica el alma y nos traslada una gran paz. 
Es necesario que Thoreau nos recuerde que “el aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación.”

Rafael Becerra

19 May 2021

Il ricordo di Franco Battiato scritto da Eduardo Margaretto, suo biografo in Spagna

 


A Madrid gli anni Ottanta stavano per finire. Mentre le notti di Malasaña correvano veloci, alcuni di noi avevano già intuito che la parola Movida si stava convertendo in un brand di patriots to arms  molto lontani da La fantasia dei popoli che è giunta fino a noi ... mentre la movida è arrivata perfino nelle notti italiane del XXI secolo. Al tempo brancolavo nel buio cercando di scrivere la biografia di Franco Battiato. Cátedra Ediciones mi aveva dato un anticipo. Ero rimasto particolarmente colpito dalla lucidità del "pensautore" siciliano ...Le barricate in piazza le fai per conto della borghesia / Che crea falsi miti di progresso / Chi vi credete che noi siamo, per i capelli che portiamo? / Noi siamo delle lucciole che stanno nelle tenebre / Up patriots to arms, engagez-vous / La musica contemporanea, mi butta giù


Poi ricevetti una telefonata: Battiato accettava la mia intervista all'Hotel Ritz di Madrid. Io al Ritz?! Allora non avevo nemmeno i vestiti per entrarci, ma andai. «Come ti descriveresti?» gli chiesi di getto, senza pensarci due volte, mentre si stava ancora sedendo. Mi guardò negli occhi e mi disse: «Sono quello che, un tempo, si sarebbe chiamato "un uomo alla ricerca"... anche se, alla fine, non trovo mai niente». Come se la verità fosse il ritmo delle piante al sole sui balconi, o quel re del mondo che ci tiene prigioniero il cuore. La conversazione scorreva fluida fino a quando il dicografico mi tirò platealmente la manica della camicia... il mio tempo era scaduto. Battiato lo guardò accigliato: «Lascialo continuare, sa molto di me». Così presi il coraggio a due mani e gli dissi ancora: «Mia madre è nata in Sicilia, come te, a Messina, e mia nonna a Napoli». Si alzò per andarsene, mi tese la mano e mi disse: «Eduardo, prima di morire,  devi assolutamente salpare sulla barca che parte da Napoli e approda a Messina all'alba... quando ti avvicini alla Sicilia, la nebbia del mattino si dirada e ti fa scoprire cose incredibili».

Questo sentimento popolare nasce da meccaniche divine  

Dovrei cambiare l'oggetto dei miei desideri 

Non accontentarmi di piccole gioie quotidiane


Che non si parli più di dittature 

Se avremo ancora un po' da vivere 

La primavera intanto tarda ad arrivare

Eduardo Margaretto